Nací en 1993 en Castellón de la Plana, y desde que era pequeño me apasionaba ver los Juegos Olímpicos por la tele. El hecho de saber que los deportistas que estaban allí habían tenido que prepararse durante cuatro años y superar competiciones europeas, mundiales… para llegar a ese punto, me generaba una ilusión tremenda por conocer el proceso que había detrás de su entrenamiento. Me imaginaba compitiendo, entrenando, disfrutando del proceso, sintiendo los nervios antes de salir a competir. Esa idea me motivaba a entrenar con más ganas, a seguir.
¿Mi problema? El de muchos deportistas: la cabeza
En cuanto algo no me salía en competición, me bloqueaba. Estaba más pendiente de no “liarla” que de lo que tenía que hacer. Y claro, cualquier posible “talento” que tuviera se apagaba. Dependía mucho de los buenos resultados o de que me empezasen saliendo las cosas ese día, y obviamente era un problema para rendir de forma consistente.
Aunque el deporte siempre ha sido mi brújula, la psicología no estaba en mis planes durante el instituto. Me veía como profesor de educación física o algo relacionado con las ciencias del deporte. Sin embargo, gracias a un “fracaso” en el último curso antes de entrar en la universidad, acabé optando por estudiar Psicología. Poco después de empezar la carrera, descubrí que existía una rama aplicada al deporte. Fue entonces cuando la dirección estaba clara: trabajar con deportistas a través de la psicología. Lo que me movía de verdad era entender qué hay detrás de la preparación mental de los mejores atletas del mundo.